El buen migrante

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No sé si os habréis enterado porque no se ha comentado apenas, pero hace unos meses empezó algo llamado Brexit, sobre poner más fronteras, y ahora ha ganado unas elecciones un tal Trump que habla de alzar muros en la frontera sur. Y luego, más cerca (cada vez más cerca), tenemos a una tal Marine Le Pen, a la que también le interesa ese tema.

Y esta gente tan aficionada a las fronteras, ¿qué dicen sobre la inmigración? Cuando no están cerrándose completamente a la idea de que los inmigrantes son personas, esta gente suele decir que, como mínimo, quienes inmigran han de integrarse, adaptarse a nuestro modo de vida. Como yo fui migrante por motivos de trabajo durante tres años, esto me hace replantearme mis vivencias, preguntarme si fui un “buen inmigrante” (para esta gente). ¿Me integré en el país que me acogió? ¿Adopté su idioma, su cultura, su religión, sus costumbres? ¿Participé en su sistema? ¿O fui un migrante problemático?

Empecemos por la lengua. Llegué pensando que conocía bien el idioma, pero inmediatamente vi que no era ni mucho menos un hablante nativo, tanto por fluidez y léxico como por mi acento. Pasaron meses y luego años y fui entendiendo y haciéndome entender cada vez mejor, pero decidí no renunciar a mi acento. Distintos hablantes nativos cultos en distintos continentes hablan su propia lengua con acentos muy distintos, y todos son igualmente correctos. ¿Por qué el que usan unos nativos concretos va a ser mejor que el mío, que lleva consigo los recuerdos de mi lengua materna? Mi lengua materna, claro, es la que seguí empleando en mi entorno familiar, ya fuera en el supermercado, en la calle o en el transporte público.

Y con la lengua, la cultura. Objetivamente, la cultura dominante del país que me acogió es colonialista: el país está fundado sobre un genocidio que, aunque suavizado, todavía colea. Su cultura dominante es capitalista, es clasista, es religiosa, es heteropatriarcal, es militarista. Durante los años que viví allí, dediqué buenas partes de mis energías a oponerme a todas y cada una de estas visiones del mundo. Me dediqué a participar, en mayor o menor medida, en los movimientos de resistencia pacífica contra la cultura dominante.

Así que no “me integré” ni en el idioma ni en la cultura. Mal empezamos. Y en el resto del llamado sistema democrático, ¿qué tal? En tres años apenas fui consciente del nombre del dirigente electo de la ciudad, ni de la provincia, ni del Estado. Me desentendí totalmente de la política-espectáculo. En cambio, me interesé por la parte de la política que estaba a mi alcance, por aquello donde podía influir positivamente. Mientras lo hacía, llevé algo de cuidado, porque suponía que el riesgo de sanciones al que me enfrentaba era más alto por ser extranjero. Aunque no era para tanto, en el sentido de que allí no había cárceles específicas para extranjeros con una falta administrativa.

Merece mención aparte lo del colectivo subversivo y asambleario en el que participé durante tres años como voluntario (vendiendo libros, sobre todo). Conscientemente nos expusimos a multas desorbitadas, multas diseñadas con fines intimidatorios por parte de la autoridad municipal. Más tarde me llegó la confirmación de que este colectivo estuvo bajo vigilancia policial. ¿Hace esto de mí un migrante problemático? ¿Merecía ser deportado?

Lo cierto es que durante los tres años en los que fui migrante, me interesé mucho por el lugar donde vivía. Lo sentí como propio. Y lo sigo sintiendo como propio, seis años después. Me interesaron y me interesan sus problemas sociales, sus contradicciones medioambientales, sus avances científicos. Pero sentirme parte de una sociedad no me mueve a la obediencia ni a la conformidad, si es eso lo que se quiere decir con “integrarse”. Sentirme parte de una sociedad para mí es no vivir como un turista, desde fuera, sino esforzarme por enderezar lo que siento como torcido en esa sociedad.

Durante los tres años en los que viví como inmigrante, aporté mucho a los proyectos en los que participé. Yo diría que el país se benefició con mi estancia. Pero para eso no necesité perder mi cultura, ni renunciar a mis ideas, al contrario: ¿cómo podría haber compartido lo que llevaba conmigo, si se me llega a ocurrir dejarlo atrás? Si hubiera dedicado mis fuerzas a dejar de ser quien era para tratar de ser un clon de la versión oficial del ciudadano medio, no hubiera pasado de ser una mala imitación. Una mala imitación, además, de un mal modelo, un modelo de valores que me parecen aborrecibles: colonialistas, capitalistas, clasistas, religiosos, heteropatriarcales, militaristas.

Por otro lado, estos son valores no muy distintos de los dominantes en mi país de nacimiento, el país de mi pasaporte. ¿Eso es que tampoco estoy integrado aquí? Y, si no estoy integrado, ¿a dónde me tendrían que deportar?

Alejandro Gaita (@agaitaarino)

(Historia publicada originalmente en lamarea.com el 17 de noviembre de 2016)

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