Desde lejos

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Fue una de esas inspiradas noches madrileñas de cerveza a raudales y pises por las esquinas. Dije que me iría a vivir a Lisboa. No lo pensé, no lo decidí, lo dije. Para vacilar, supongo. Así, en el principio fue el verbo. Después vinieron los líos, cuando para probarme suficientemente artística tuve que hacer lo que había dicho que haría.

Tampoco era mala idea, al fin y al cabo. Estaba harta de Madrid. De sucios cuartos de baño de garito, de intrigas palaciegas en la universidad, de curros de mierda, de sexo nervioso y soledad acompañada. Siempre iría a echar de menos las tardes de Renoir, tres librerías, el rastro, las cañas, las tiendas de viejo, el sol invernal y ciertos abrazos. Pero iba a volver a
Madrid de cuando en cuando y solo un ratito, para seguir queriéndola. Y en éstas, se nos han ido quince años, a la ciudad y a mí, en que hemos retozado puntualmente contentas en la vuelta a casa por navidades.

En Lisboa, espíritu y decadencia, aprendí lo que es la soledad, pero esta vez iba en serio. Soledad de hambre, de nieve, de habitar el margen y que nadie te toque la piel en semanas. Lisboa me dio mucho al no darme casi nada. Después, miles de historias que hicieron mucho de lo que soy y darían sustancia al obrador de mis pensamientos. Al situarme al fondo a la izquierda, fuera del objetivo de la cámara social, pude aprender de exclusión, de acoso, de vulnerabilidad e indefensión. Renegué de mi cómoda postura intelectual madrileña. Y leí mucho en ojos, calles y páginas. (Aún no había casi escaip ni féisbuc).

Allí me hice profesora de mis hambres, y con los años mejorarían mis finanzas y mi agenda. Pero después… el estallido de la burbuja. Se le vieron las enaguas a la estafa. Las pintaron oscuras y hubo que volver a irse, esta vez a un sitio más consistente, que albergase más esperanza, para no tener que seguir viviendo de puntillas. Escandinavia: el paraíso de lo social, la progresía y el pescado marinado.

Dinamarca se nos parece menos que Portugal, pero pese a ello (o gracias a), nos deja mucho más espacio para ser nosotras mismas. La conciencia de lo ajeno y la cultura de la tolerancia (sí, debería ser celebración de la diversidad, pero es mera tolerancia) te dejan sentarte a tus anchas. Y les pone que seas malhablada, raruna y te rías alto. Te disfrutan y se desmelenan. Hasta un punto.

Yo no quiero volver a España. Además: qué es “España”, qué es “volver”, y qué es “querer”, (pues por más que quiera allí tendría que andar viviendo de chelines y en la misma ciudad que Esperanza y de eso yo ya no tengo ganas…) España es una entelequia. Mi tierra de origen es tan solo un barrio de Madrid con ciertas ínfulas y demasiadas parroquias y señoras de oscuro que afortunadamente está cerca de otras zonas más flamencas y disfrutonas.

Allí volver yo no puedo porque yo ya no soy la misma. Así que si voy ya soy otra, voy de viaje. Ahora soy un sujeto nuevo, tejido de nuevos relatos, varias lenguas, palabras distintas — que no tienen traducción al cañí — y muchas experiencias entrelazadas. Mi piel narra historias fabulosas que pueden caber en un bar de Malasaña o en una mani en Atocha, pero no en la comida familiar de los domingos ni en las listas de secundaria de una comunidad del pepé. No, gracias. Mis tripas piden más marcha viajera, otros mundos, y aunque también claman por unas buenas croquetas, de momento con que no me toquen mi derecho al voto, me empecino en ser española desde lejos.

Almudena Lozano desde Aarhus, Dinamarca

https://playamedusablog.wordpress.com/

Rincón Migrante
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2 Comments

  1. Andrea 02/02/2017 at 11:28

    Bravo 🙂

  2. Andrés (Roma) 02/02/2017 at 8:58

    Muy bonito texto. Gracias!

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