Identidad precaria

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Hace unos meses estuve trabajando. Ahorré lo suficiente para comprar algunas cosas que consideraba básicas, y emprendí mi viaje. Vivo desde hace unos meses con la mochila al hombro, descubriendo nuevos horizontes mundiales y personales. Pero viajamos de mochilero, con una mochila a la espalda, una cámara al hombro y un montón de kilómetros de viaje. Dos maletas que guardan toda nuestra vida.

Y hace poco, decidimos probar la aventura de Workaway. Ya habíamos pasado pequeñas estancias en proyectos de esta plataforma, por lo que decidimos comenzar la aventura un poquito más extendida en el tiempo. Para quien no la conozca, Workaway es una plataforma de trabajo a cambio de alojamiento y comida. El intercambio se corresponde con un total de 25 horas a la semana, repartidas en turnos de 4-5 horas al día, 5 días a la semana. Se trata de una página web con soporte mundial, que permite conectar a miles de personas de diferentes lugares tan solo a un clic.

Lo que en principio resulta un intercambio de bienes no materiales, un trueque de capacidades y conexiones fugaces, una linda vía de romper barreras idiomáticas, culturales y mentales, se presupone la mayoría de las veces como un intercambio equitativo, soberano en ambas direcciones, una negociación sin medidas tangibles pero con límites seguros.

O al menos, así debería de ser.

Cuando le comunicas a tu familia una decisión así, la respuesta parece haber estado premeditada desde hace, al menos, un par de siglos: que si eso no es un voluntariado, que si es un trabajo mal pagado; que si yo trabajo cinco horas al día y me da no solo para pagar mi alquiler y comida, sino para vivir como yo quiero, que si no dejéis que os exploten, que si en el mundo hay gente muy interesada…

En nuestro caso, fue Holanda.

Y hoy, con la cabeza gacha y las piernas agazapadas de dolor, he llamado a casa de nuevo, buscando un consuelo infinito, una experimentada voz que me arañara lo que en un primer momento no vi, que se escondía en mi luz sin querer dar crédito. Necesitaba escuchar una voz suave de consuelo que se tornara en dulzura mundana para acomodar la sensación de vacío que dejaban las palabras que yo misma no podía decirme. Por suerte, todo ello ha venido libre de un “te lo dije”.

Llegamos a Holanda un 19 de Enero. Recuerdo que me bajé del autobús y sentí que el frío congelaba hasta la última parte de mi garganta. Sentía escalofríos fugaces por mi cuerpo, un nosequé que me dejaba paralizada con las manos y los pies jodidamente fríos. Podría decir hoy que sentí entonces una oleada intuitiva desesperadamente triste, pero también podría decir lo contrario y no cambiaría en absoluto la historia. Encabezamos el viaje con demasiadas barreras: Ámsterdam es muy caro, y la noche del viernes se acercaba cada vez más sigilosa. No pudimos encontrar nada que bajase de 100 euros la noche, ni siquiera hostales en los que hoy dormimos por diez. Así que pasamos la noche en una fría estación de tren, esperando el primer servicio de la mañana, luchando contra el sueño porque, como toda viajera que se preste, sabíamos que en la estación de Amsterdam no se puede dormir. La estación central de Amsterdam es un espacio lujosamente diseñado para no satisfacer ninguna de las necesidades básicas humanas, vaya. Una estación totalmente anti-humana en una capital en la que las temperaturas invernales no superan los diez grados.

El lugar elegido había sido una granja. Una hermosa granja familiar anunciada en la plataforma como una adorable, casi lúdica y sencilla granja familiar. Un lugar del que no teníamos fotos, pero sí una fantástica referencia de una voluntaria española -casualmente-, que decía haber vivido una experiencia maravillosa en aquel lugar. Pero cuando vi la granja pensé “por favor, que no sea ahí”.

Yo me encargaba de dar de comer, cambiar la paja del establo, proporcionar nueces y revisar las necesidades de caballos y terneros, lo que suponía un total de, aproximadamente, 21 caballos y alrededor de treinta y cinco terneros, divididos en un total de veinticinco cuadras. Dos veces al día. Mientras, otra de nosotras se encargaba de ordeñar. Ordeñar en contra de unos principios éticos y morales, además de una constante presión emocional por la situación de las vacas a las que se ordeñaba.

La granja, en su esencia, no tenía nada, pero NADA que ver con la amable y dulce granjita familiar expuesta en el anuncio. Tampoco con la referencia de aquella chica española, que nos contaba la felicidad que irradiaban los animales. Quizá esta chica solo hubiese estado en una parte de la granja, lo cual sería entendible. Porque no puedo comprender qué felicidad siente una vaca que, junto a sus otras setenta y cinco compañeras, comparte un establo de cuatrocientos metros cuadrados (¿?). Un espacio en el que ni siquiera hay camas suficientes para todas, en el cual la mierda se acumula en el suelo a pesar de que existen rendijas que permiten que ésta se escurra entre los barrotes. Había un total de setenta y cuatro vacas lecheras, al menos otras ochenta que aún no se encontraban activas, y otras veinte que se encontraban preparadas para dar a luz a su primer ternero. Prefiero callar aquí porque me enervo demasiado detallando sistemáticamente cada aspecto que recuerdo de aquel sitio en el que las ratas tenían el tamaño de un gato mediano.

Soy demasiado animalista, me dirán algunos.

Voy a centrarme en otros aspectos que, más allá de lo que pueda parecer sutileza o no, sensibilidad o sugestión, son, en todo su engendro, un abuso. El proyecto en cuestión, lejos de ser una granja ecológica familiar, era una Granja con nombre y apellidos -literal-, afincada desde hace más de cuarenta años en el mismo lugar. La notable diferencia es que ahora, los dueños se encuentran mayores, y necesitan mano de obra ajena para poder seguir llevando el mismo proyecto que hace unos años llevaban sin problemas. Aquí es donde radica lo que diferencia entre lo que -en su esencia- es un Workaway- y lo que, como este caso, no lo es.

Un Workaway es un proyecto en el que una persona ofrece un sustento básico a cambio de una ayuda por parte de personas que deciden completar su viaje, su formación o su experiencia, con unas actividades complementarias. Podemos, incluso, llamarlo voluntariado. Un Workaway no es- y mucho menos un voluntariado-, una empresa de la que se saca un beneficio fijo y constante, notablemente marcado, a cambio de tener trabajadores a los que el único sueldo que se les ofrece es alojamiento (en la casa familiar) y comida.

Esto es mano de obra barata, y la diferencia es abismal. Existe una clarividencia infinita entre un proyecto de creación común y crecimiento colectivo, y un proyecto de metodología constante y diaria, no sujeto a cambios ni variaciones, en el que se obtiene un beneficio del trabajo que otras están realizando para tu empresa. Por supuesto, sin un seguro médico, ningún tipo de contratación ni amparo legal.

Nos han pagado. Nos han pagado ciento cincuenta euros. Cincuenta euros a la semana. Cada semana hemos trabajado seis días, cinco horas diarias, con algunos días extra, llegando, incluso, a las ocho horas. Y aquí entra la controversia y la regla que se crea para ser demolida y el punto de inflexión que permite que tome lugar el aprovechamiento unidireccional.

En principio, no tendrían que pagarnos. Pero nos ofrecen pagarnos algo de dinero. Un dinero simbólico por el trabajo realizado. Son cincuenta euros, aún cuando no deberían de pagarnos nada, porque así funciona workaway. Si queremos ganar más, podemos hacer trabajo extra.

Y aquí es donde creo que la trampa se hace cuando se intercambian conceptos. Cuando realizas un voluntariado, conoces de sobra que no vas a recibir ningún tipo de remuneración económica. Tampoco la reclamas; por lo general, un voluntariado es gratificante y produce en ti una sensación de bienestar. No lo esperas, porque no necesitas esperarlo. Trabajar para una empresa, bajo el seudónimo de voluntariado, cuando en realidad es un trabajo mal pagado, es muy diferente. Y el hecho es que, debido a que no era necesario pagar ningún tipo de retribución (había escrito “sueldo”, pero me parecía insultante llamarlo a cincuenta euros a la semana), el hecho de que lo paguen, parece hacerles diferentes, como más bondadosos, como si se salieran de las reglas, como más justos y equitativos.

“Con Workaway no deberíamos de pagar nada por cinco horas al día, pero nosotros lo hacemos”. Y claro, la barra de medida del trabajo extra realizado la realizan las mismas personas que estipulan que esos cincuenta euros se corresponden con el trabajo voluntario que estás haciendo para su empresa.  ¿El desenlace? Un día nos dieron las gracias; otro, nos dijeron que el trabajo había sido magnífico. Pero de trabajo pagado, ni un solo euro. Imagino que su idea de trabajo extra era pagar cien euros a la semana por ocho horas de trabajo diario… no pienso ni ponerle nombre a eso.

Por lo que nos encontramos ante la situación comprometida. Si acaso no debieran pagarte por las reglas de la plataforma, ¿cómo vas a reclamar un dinero que te corresponde? Claro, te enfrentas al terreno farragoso, se te declararía, incluso, arrogante. Porque reclamas una parte que, aunque consensuada en palabras, no están obligados a darte. La verdad es que mi percepción fue como si Workaway fuese una agencia de trabajo temporal que manda empleados no cualificados para trabajos mal pagados; si tienes suerte, quizá te paguen algo más. Bueno, el techo y la comida lo tienes asegurado. A pesar de que tuviéramos que comprar comida aparte porque, francamente, en ocasiones resultaba muy desagradable comer todos los días lo mismo.

Bueno, ¿porqué no os ibais? Sería lo más sencillo, ¿no? Pero el caso es que la precariedad ata, y más en un país como Holanda. ¿A dónde nos vamos? ¿A dormir en la calle en Ámsterdam? Precisamente, planear un viaje no resulta de un día para otro, a no  ser que te eches a la aventura. Pero era difícil: llevábamos maletas para una larga temporada, pesadas; la última experiencia en Ámsterdam no ayudaba precisamente. A pesar de que no nos gustase, debemos planear el viaje, no queremos encontrarnos de nuevo con algo así.

La he llamado. No podía poner un pie fuera de Ámsterdam sin decírselo. Sin decirle que no me parecía justo su trato, su manera de dirigirse a nosotros y su forma de aprovecharse de nuestro trabajo. En realidad, no ha servido de nada. Pero ahí le he dicho, y la angustia parece que afloja la correa un poco.

Y de nada sirve tampoco esta reflexión. ¿Acaso Workaway debería dejar de existir? No lo creo, se trata de una plataforma que puede albergar proyectos fantásticos. Quizá sí que debería de haber mayor seguimiento por parte de las personas que lo gestionan, un sistema de apoyo que permita conocer la realidad de los sitios que anuncian; unas normas básicas para las personas que hospedan a otras personas. Unas reglas de voluntariado.

Pero si de algo sirve, es porque me sirve a mí. Supongo que, como todo en la vida, se aprende a base de rotura, los descosidos nos enseñan a coser mejor que cualquier costurera. Pero cuesta soltarlo, y por eso estoy escribiendo esto. Porque la capacidad de reclamar lo que es nuestro, nuestra propia autonomía, lo que nos corresponde, parece que nos la arrebataron en la infancia. Es como si esa lección se hubiese borrado del libro de enseñanza. Es como si debiésemos aceptar: ser joven es ser precario. Y entonces, todo a tu alrededor se mantiene firme en la idea de que tu condición se mantenga inamovible. Nos cuesta reclamar porque hemos nacido en un sistema que da menos a los que menos tienen, y más a LOS que MÁS tienen. Así, en masculino y con letra grande. Somos la juventud precaria, la adolescencia que surgió de la crisis, la que ha mamado desde la década del 2007 que debíamos buscar opciones alternativas. A la que no le quedan muchas más opciones que maleta al hombro y pasaporte de migrante. Y en parte, se nos ha negado un poquito esa auto-reafirmación que nos debería ser implícita como personas, como jóvenes, como personas formadas con una carrera profesional a la espalda.

Soy licenciada en Biología por la Universidad de Alcalá, tengo un máster en Sexología y Género por la URJC, y actualmente estudio una formación profesional de auxiliar veterinaria. Mi vida se ha deslizado entre la formación académica, la enseñanza universitaria y el aprendizaje personal. He recibido formación adjunta a través de la Escuela Virtual de Igualdad, el Instituto de la Mujer y diversas concejalías. He trabajado y dirigido proyectos en la Universidad, así como por cuenta propia. He colaborado en proyectos con el CSIC, Concejalías de Aytos y diferentes plataformas sociales.

Pero, en cambio, soy precaria. Soy precaria porque nos quedan las migajas de una sociedad que piensa en modo adulto, en la que no parece haber sitio para la juventud. Juventud que nace y que no se desborda porque está limitada. Amigos que tienen que okupar para poder vivir, trabajar diez horas para poder subsistir. Y todo porque no se nos ha enseñado a reclamar lo nuestro; o porque ni siquiera -ni en este caso ni en muchos-, sirve de nada hacerlo. Nuestras palabra se vuelven sonidos sordos, silencios absolutos, miradas ajenas.

Pero en ese hueco, lo que nos queda es reclamar. Reclamar porque sólo nosotras podemos eliminar el dolor que produce ser parte de una sociedad que te rechaza sin valorar tus capacidades. Testigos de una angustia que se sume en lo profundo de la piel, y que emerge en cada poro con el sudor que no se reconoce. Soy de las que piensa que NO es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Y por eso, dedico y gasto mi dinero en un proyecto de vida que me permita vivir sin depender demasiado de los papelitos de colores.

Pero no nos engañemos, necesitar poco dinero para vivir, o creer en modelos de vida alternativos, no va unido a la precariedad.

Y menos, a la precariedad obligada. A agachar la cabeza cuando te sucumbe la fría realidad de no tener para vivir. Supone un reto constante, un camino de viaje, una libertad asegurada que late dentro, la de asegurarse un futuro digno. Porque al final, hablamos de un mundo que nos da las migajas de lo que concibe como dignidad. No se trata de una situación generalizada; se trata de una realidad que nos acarrean a la espalda, sin motivo aparente salvo ser hijas de la generación de los 90. Generaciones formadas, preparadas y dispuestas, trabajadoras sin reconocimiento.

Por eso es tan importante reclamar lo nuestro. Sacudirse los miedos-y las vergüenzas, y mirar a la cara al jefe, al workawayer, a la vida, o a quien sea.

Esto es mío. Mi vida me pertenece. Mi tiempo, mi trabajo, es mío. Si lo quieres, valóralo.

Este relato de Virginia apareció por primera vez en Chirimukeando (dónde podéis leer la versión completa). 

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1 Comment

  1. adrian 28/02/2017 at 21:35

    Puedes denunciar al proyecto a workaway si crees que no es justo, y también valorarlo. Yo considero injusto trabajar 6 días así que no acepto ese tipo de proyectos. Y si me lo hicieron hacer lo denunciaría. Hay que ser consecuentes y, como dices, valorar nuestro trabajo.

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