Made in Spain, in China

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No sé si esta reflexión añadirá nada nuevo a la experiencia que supone emigrar. A lo que supone verte, por las razones que sean, lejos de tu entorno y de tu gente. Se han escrito muchas cosas, en todos los formatos posibles, y esta será simplemente una más.

 

Nací en 1989, una generación que en mayor o menor medida ha vivido bien, en una bonanza económica que parecía que iba a durar para siempre, pero que se mostró como un espejismo que se desvaneció delante de nosotros. Empecé la Secundaria durante esa bonanza en 2001, y con una inquietud preadolescente para conocer lugares y países nuevos, lo cual no pude hacer hasta mi viaje a París al acabar el instituto con 17 años, en el verano de 2007. En ese momento pude apreciar lo diferente que se ven las cosas al cruzar una frontera, y el reto que podría suponer tener que vivir fuera de España. Pero tengo que reconocer que estando de turismo, esos pensamientos duraron poco en mi mente.

 

Después del verano, casi al mismo tiempo que la crisis comenzaba a asomar las orejas, empezó mi andadura en la universidad estudiando Ciencia Biológicas, y la idea de tener que emigrar para poder progresar, para poder tener una mejor vida profesional se convirtió en más que en una opción, en casi una obligación. No es que los biólogos lo hayamos tenido fácil a la hora de encontrar salidas profesionales, pero con el desmantelamiento de la ciencia que empezaba a fraguarse en España, lo íbamos a tener peor. Acabada la universidad, y teniendo en mente buscar un máster que complementara la licenciatura, mi tío, psicólogo, me transmitió una propuesta para continuar formándome como estudiante de máster y doctorado por parte de un científico español afincado en la ciudad china de Cantón. Viéndome ya desesperado tratando de encontrar un salida profesional en España después de un máster que no sabía si podría pagar, acepté la oferta. Tuve suerte de encontrarme con esto nada más licenciarme y lo aproveché, como seguramente hubiera hecho cualquiera.

 

Así que después de todo el papeleo del visado, mi yo de 2013 se plantó en un avión dirección a Cantón, sin haber volado nunca previamente (mi viaje a Paris fue en autobús). Es difícil expresar con palabras los sentimientos que experimenté en ese vuelo. Aparte del miedo y la tristeza, estuve casi las 20 horas que duró el viaje como en piloto automático, como un zombi, dejando la mente lo más vacía posible, ya que tenía la sensación de que si la ponía en marcha acabaría por salir corriendo. Una vez aterrizado en Cantón y encontrada la persona que había venido a recogerme, nos subimos a un coche, nos dirigimos a la residencia universitaria, y el proceso de adaptación empezó: la sensación de desubicación, echar de menos la comida, el idioma infernal (que no he sido capaz de dominar aún) o tener que acostumbrarme a los estándares de vida china en cuestiones como el alojamiento.

 

Ese fue mi día a día durante bastante tiempo. Lo peor, sin duda, el alojamiento. De los cuatro años que llevo aquí he estado tres y medio en un apartamento que no tenía inodoro, sino simplemente un agujero en el suelo que funcionaba a la vez como desagüe de la ducha, o sin acceso a lavadora, lavando a mano en una ciudad con índices de humedad del 70% al 100%. La ropa no se secaba, la mayoría de las veces simplemente acababa llena de moho. Todo esto, añadido a tener que habituarme al ritmo de trabajo de un laboratorio de investigación, fue el principal hándicap de mi proceso de adaptación.

 

En mayor o menor medida toda persona que emigra se enfrenta a los mismos problemas, los cuales pueden superarse o bien hacerte regresar, pero en mi caso me adapté, ya que el cuerpo, ciertamente, se acostumbra a todo si le das tiempo.  Una vez superado esto, otras cuestiones asaltaron mi mente. En el punto en que estoy ahora, me he dado cuenta de que la investigación no me gusta, e incluso he estado informándome y un título de doctorado expedido en China puede no ser reconocido como válido para según qué trabajos en España o Europa. Entonces la pregunta es: ¿por qué sigo aquí entonces? La respuesta es simple. Puede que profesionalmente todo lo que estoy pasando para obtener el doctorado no me sirva de mucho, o tal vez si, todavía no lo sé. Pero más importante que un simple papel que indique que soy doctor es el camino recorrido, y el que me queda por recorrer. Los cambios que he experimentado, las cosas que he hecho y que nunca hubiera podido imaginar ser capaz de hacer me sorprenden incluso a mí.

 

La conclusión a la que quiero llegar es que si hay alguna persona que ha emigrado y que, por las razones que sean, vea que profesionalmente sus objetivos no se están cumpliendo, o hay alguien que está planteándose emigrar y dude de si le va a salir bien o no, que no se obsesione más de lo necesario. Marcarte unos objetivos está bien para no perder el rumbo, pero dada la dificultad de la situación y el aprendizaje que se obtiene, no consideraría un fracaso no conseguirlos. El simple hecho de haberte atrevido a emigrar ya es un logro en sí mismo que te cambia profundamente, independientemente del tiempo que dure la estancia fuera de España o de si lo que habías planeado ha salido bien o no. Si en mi caso, por la razón que sea, no obtengo mi título de doctorado, no voy a considerar que he perdido el tiempo, sino simplemente que he adquirido ciertas habilidades que no están certificadas por un papel.

 

No voy a negar lo utópico de estas afirmaciones, ya que cada persona está en una situación diferente que no puede ser extrapolable a otra y que el mundo en el que vivimos (o mejor dicho el país en el que vivimos) no funciona así. Lo entiendo. Pero en este tiempo he tenido autenticas caídas en pozos de dudas, desesperación y angustia, por las situaciones que he vivido, y solo recientemente he llegado a esta conclusión, que me ayuda a ver algo de luz cuando las dudas vuelven. Compartiéndola solo pretendo ayudar a alguien en la misma situación, y que no le cueste cuatro años como a mí poder llegar a ella.

 

Somos muchos los que hemos dejado nuestros hogares, demasiados, y aunque a veces no la veamos, siempre hay una solución. Ánimo.

 

David Pitarch Ibáñez

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