Los regalos

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Es un día cualquiera en la víspera de unas navidades de finales de los 80. Estoy en casa de mis abuelos, en el pueblo, jugando con mis hermanos en la habitación improvisada y destinada a ello. En el salón de al lado, el resto de la familia se dedica a su rutina de reencuentros y conversaciones de cada Navidad. Se abre la puerta, y la cara de mi tía abuela, que vive en Alemania y acaba de llegar de allí, aparece sonriente. Lleva una rarísima bolsa grande de plástico con asas especiales (una bolsa reutilizable de cualquier supermercado, aún desconocidas para nosotros en aquella época) que vacía enérgicamente dándole la vuelta –“Niños, tomad”-: un aluvión de cuadernos, rotuladores y juguetes diversos, diferentes, extraños y exóticos caen en nuestras manos. Mis hermanos, conocedores de la pequeña tradición, se lanzan a por los calendarios de adviento, esas cajas con ventanitas numeradas del 1 al 25 de este último mes del año, tradición en el norte de Europa, en las que cada ventana oculta una chocolatina. La mayoría de estos pequeños dulces individuales ya deberían haber sido consumidos, puesto que estamos muy cerca de la Nochebuena, pero los reencuentros siempre son en la víspera de navidad, con lo que los calendarios comienzan su cuenta atrás todos los años con retraso. En nuestro código de juegos, esto te otorga la libertad de empacharte abriendo ventanitas de cartón y recuperando, chocolate a chocolate, los días perdidos, como se recuperan aceleradamente en los días de reencuentro todo lo que el año te ha quitado de ese contacto con la familia. Abrazos, anécdotas, risas y complicidades que se acumulan al mismo ritmo que caen ventanas y chocolatinas.

Es el año 65, y aún queda mucho para yo que nazca. Uno de mis tíos (tíos-abuelos, para ser más precisos) parte a Suiza buscando trabajo. Tras ciertas peripecias y un cambio de destino a una ciudad alemana, casi toda la familia “hace papeles” y se traslada a Alemania a trabajar. Mi bisabuela, cuatro de sus hijos y sus parejas inician ese periplo migratorio que desplaza un número difícilmente cuantificable de personas –se habla de que las cifras oficiales estaban infraestimadas- durante el hambre de la dictadura franquista. La rutina familiar se transforma en el trabajo en la obra y la vida en los barracones, en reuniones de domingo en las Casas de España, y el anhelo de los larguísimos viajes en verano, de unos 3000 km en coche, para retornar unos días al pueblo. La rutina de la familia en España es, entretanto, el pueblo, la mina y el trabajo en el campo, en esa escasa y durísima posibilidad vital que les queda a los que se quedan.

“Perpignan 1975, arrivée des vendangeurs espagnols © Hervé Donnezan/Rapho/Musée national de l’histoire et des cultures de l’immigration, CNHI”

Pasan los años y con el tiempo, parte de la familia regresa; nunca a la tierra –nacer en determinados lugares es traer una maleta bajo el brazo- aunque sí a España. Parte se queda, siguiendo esa rutina de viajes y reencuentros, de “humor migrante” –“a ver vosotros, los alemanes, que estáis tan avanzados, cuándo inventáis esto”-, o ese hábito de que se pierdan los chorizos en los envíos postales –“esto, señora, siendo comida no sé yo si va a llegar” preludio de que el paquete se “pierde” seguro-. La normalidad es también que, de vez en cuando, algún menor de la familia alemana venga a pasar una larga temporada con la familia española, para aprender el idioma y no perder el vínculo. Mi mirada de niña hace natural a través de los años todo esto, hasta el punto de apenas preguntarme ni el porqué ni el cómo en mucho tiempo; hasta el punto de que sea normal que una tía segunda te llame y te trate cual hermana, por esas “tribus” familiares en las que todos salimos adelante entre todos.

Es 2012 y el tiempo se ha acelerado en este relato; mientras España es un erial de recortes, EREs y corrupción, empiezo a ver, cual goteo incesante, partir amigos al extranjero. Empiezo, poco a poco, a tomar conciencia de que en breve voy a tener que hacer lo mismo, y extiendo, también poco a poco, la frustrante búsqueda laboral más allá de nuestras fronteras.

Tras algún tiempo tanteando posibilidades, surge, al final e inesperadamente, París como destino final. No está tan lejos como otros lugares (no pocos amigos se han instalado a estas alturas ya en los rincones más alejados del planeta, de una punta a la otra) y hasta cierto ministro osa decir que es “como estar en casa”. Cuando comunico el destino final a la familia, no obstante, el gesto de todos se tuerce un poco. De rabia, de memoria, de incertidumbre ante que no sea la primera de la familia que parta; de certeza también de que, con mucha probabilidad, la estancia será más larga de lo que todos quisiéramos.

Los papeles”. Mis tíos siempre decían que ellos se habían ido con “papeles”. En su época, el Instituto Español de Emigración gestionaba acuerdos para desplazar vidas y familias –esa aséptica “mano de obra”- a Francia, Suiza o Alemania. Es 2013, ya estoy en Francia, y ya no hacen falta “papeles” porque ya hemos dotado de mecanismos para desplazar silenciosamente trabajadores en lo que hemos llamado UE. Aun así, parece no ser suficiente, porque abro las noticias y me encuentro a sendas ministras de Empleo, alemana y española, firmando acuerdos para llevarse 5000 trabajadores españoles al año a Alemania. Al poco, un programa del Ministerio de Empleo junto con la Junta de Comunidades de mi región natal deja tirados a decenas de trabajadores españoles “exportados” en medio de Alemania. Se me incendian los ojos de rabia.

Pasan poco a poco meses (a día de hoy ya contamos años…). Llegar a Francia y a París es darse de bruces toda una historia de exilio y emigración española, ir descubriendo poco a poco pequeñas e impresionantes historias de resistencias, de penurias, de lucha, de organización migrante de muchas -y diversas- generaciones. Es también decirse atónita en algún momento “pero cuánta gente llegó aquí en su día”. Es darse cuenta de lo poco que conocemos de lo que fuimos, generaciones enteras casi en el olvido que entran, con todo su bagaje, a estas alturas en tu consciencia.

“Paris, gare d’Austerlitz, 1965. Immigrés espagnols devant la salle d’attente réservée aux travailleurs étrangers © Gérald Bloncourt/Musée national de l’histoire et des cultures de l’immigration, CNHI”

Llegan las primeras navidades en las que vuelvo a casa. El aeropuerto es un hervidero de emigrantes, familias y reencuentros. Espero ansiosa que la cinta transportadora saque mi maleta mientras veo al resto del embarque recoger las suyas con alegría y presura. Por fin sale, la más grande y manejable que tenía. Viene cargada de regalos.

A todos los que emigraron, en tiempos tan difíciles. Por tanta lucha en lo personal y en lo colectivo. A todos los que seguimos migrando, porque mantengamos esta lucha viva.

María, desde París.

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1 Comment

  1. A. Ramos 07/08/2017 at 13:07

    Super-emotiva historia… qué bien expresada… y qué melancolía despierta…

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