Emigrar cumplidos los 40

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Quienes están cerca de mí saben que cuando escucho o leo en los medios de comunicación sobre la emigración juvenil, como mínimo frunzo el ceño, cuando no protesto airadamente gesticulando y manifestando con rabia y frustración: “¡ya estamos de nuevo con los jóvenes!, ¿Cuándo se tendrá conciencia en España de que desde 2008 también hemos tenido que dejar nuestro país miles y miles de personas treintañeras, cuarentañeras y cincuentañeras?”. Y no se trata de competir estableciendo para quién es más duro, pero lanzo estas preguntas: ¿quién se adapta mejor a lo nuevo, alguien con 25 años o con 45? ¿Quién aprende mejor un idioma, alguien con 30 o con 50? ¿Quién le tiene más miedo al futuro, alguien con 27 o con 37? Y lo más importante: ¿quién es más probable que pueda volver a España a retomar su profesión, alguien de 24 o de 42?

Me tuve que ir de España en 2012, cuando me resultó imposible pagar las facturas básicas con los ingresos de mi profesión. Acababa de cumplir 41 años. No era la primera vez que llegaba a un país extraño, no era la primera vez que buscaba piso en una ciudad que no conocía, no era la primera vez que protestaba, y me desesperaba, por todos los trámites burocráticos que implicaba mi viaje, pero sí era la primera vez que me sentía emigrante y expulsada de mi propio país.

Irte de Erasmus no es ser emigrante, irte a trabajar temporalmente de camarera para perfeccionar un idioma no es ser emigrante, irte a hacer un doctorado no es ser emigrante. Pero hacer las maletas, sin fecha de vuelta, llevándote el desgaste psicológico de años de angustia económica, dejando deudas, con dolor en el alma, sintiéndote absolutamente fracasada como profesional, con un miedo aterrador al futuro y a cómo te podrás ganar la vida, sí es ser emigrante.

Aun así, fui capaz de valorar y disfrutar de todo lo que me ofrecía mi país de acogida. Conocí a mucha gente maravillosa y aprendí todo lo que pude y más. Pero la angustia de “¿y cómo me podré ganar la vida los próximos meses?” y la tristeza de saber que en tu país sobras, que lo que tú sabes hacer no tiene un reconocimiento económico, y que en tu país ni siquiera se considera un problema social que miles y miles de personas mayores de 40 años hayamos tenido que irnos fuera a empezar de cero, me sigue entristeciendo y produciendo mucha rabia.

Por muy alta que creas tener la autoestima y por mucho que trates de racionalizar y relativizar tu situación (mirando los indicadores macroeconómicos, por ejemplo), decir a los 40 “no tengo nada” es infinitamente más duro y más doloroso que decirlo a los 25. Sentir cómo el mundo te señala como persona oficialmente fracasada es infinitamente más doloroso a los 41 que a los 31.

El Consejo de la Juventud considera jóvenes a las personas de entre 15 y 29 años. Y hasta hace muy poco tiempo, técnicamente, la juventud se establecía hasta los 25. Actualmente llamamos “joven” a cualquiera (algo absolutamente ridículo), muy probablemente porque como sociedad mitificamos la juventud y la asociamos con la alegría y la fiesta. Unido, por supuesto, a que la inestabilidad y precariedad laboral (y vital), antes asociadas exclusivamente a esta etapa de la vida, nos acompañan ahora en toda nuestra trayectoria personal, por lo menos a una proporción cada vez más importante de la población.

Hace tiempo que asumí que vivimos en la sociedad de la incertidumbre y he tratado de adaptarme a ella. De hecho, lo hago cada día. Pero lo que verdaderamente me duele en lo más profundo del corazón es que se frivolice con las consecuencias que este tipo de sociedad genera para la parte más débil de la población. Y cumplir años y no tener nada realmente te hace sentir muy débil. Nunca pensé en esto cuando tenía 25.

A veces en el entorno activista me han preguntado: ¿y por qué quienes habéis emigrado habiendo cumplido los 40 no os dejáis entrevistar? Creo que ya está dicho en estas líneas, pero prefiero insistir en ello y gritarlo fuerte, si es necesario. Decirle al mundo cosas como “he fracasado”, “no tengo nada”, “no tengo trabajo”, “no tengo ahorros”, “me han echado de mi país”, es muchísimo más doloroso (e incluso humillante) a los 45 que a los 25. Y aunque seas activista, duele, duele mucho.

Nuria, madrileña que tuvo que emigrar en 2012

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4 Comments

  1. MPaz Gallart 21/11/2017 at 11:47

    Nuria, emigrar es duro a cualquier edad. Como bien dice Diana Vilar, los efectos psicológicos no están ligados a la edad. Yo me vi obligada a irme con 29: cuatro años en paro, aún en casa de mis padres, separada de mi pareja (no teníamos posibilidad de hacer vida juntos), sintiéndome fracasada laboral y psicológicamente. Crecí con las frases de “Estudia para ser alguien”, “Estudia para tener un futuro” y más del estilo, tras un módulo y una carrera universitaria, ni hubo futuro, ni fui alguien, una parada más junto a millones de españoles. Me vine destrozada, sin conocer apenas el idioma, dejando familia y pareja detrás, sin saber qué iba a ser de mi y si volvería algún día a casa. Te aseguro que mi primera noche aquí no se la deseo a nadie, me pase la noche llorando sin poder dormir. Después de cuatro años sigo aquí, mi vida se ha medio estabilizado, pero te aseguro que tras muchas lágrimas, sudor y perseverancia, como todos los que se ven obligados a emigrar. Entiendo la emoción que quieres describir, pero para sentir que has fracasado o no tienes nada, no hace falta tener 40 años; a mi generación ni nos dieron la posibilidad de intentarlo. De una emigrada a otra, apoyémonos, es suficientemente duro lo que tenemos que pasar cada día. Y estoy contigo, no siento que me fui porque quise, me siento expulsada, exiliada… Y eso es lo más triste.

  2. Elemigrar 27/09/2017 at 3:20

    Mis padres tienen mas de 50 años y son medicos, les comente que queria emigrar y ellos me dijeron que tambien lo harian hacia el pais que yo eligiera, que piensan ustedes de emigrar a esa edad?

  3. A. Ramos 07/08/2017 at 12:59

    Muy bien expresado… muy acertado… y doloroso… ¡Ánimo! (de parte de una emigrada de 37 tacos que ya había vivido fuera en otras ocasiones pero sí, cuando uno/a se va porque se siente expulsada, todo es un pelín mas grisecillo…). Al final todo suma y la vida es una carrera de fondo… y no sabemos dónde acabaremos… pero disfrutemos allá donde estemos! Un abrazo.

  4. Diana Vilar 06/08/2017 at 14:30

    Como migrante empatizo con las emociones y vivencias que describe este articulo, con el valor que tienen sus reflexiones. No obstante, desde otro punto de vista, los efectos psicológicos de la migración no necesariamente están ligados a la edad, lo que tiene un mayor peso son las condiciones en las que se produce esa migración, que colocan a la persona en una situación de mayor o menor vulnerabilidad social que y aunque las condiciones sean óptimas puede haber sufrimiento porque este depende en buena parte de la percepción y del apego a una serie de creencias y expectativas sobre “cómo debe ser la vida”, y dicha percepción varía de una persona a otra, de un grupo social a otro, de una cultura a otra.

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