Sueños de una marmota

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Abro los ojos y faltan aún 10 minutos para que suene el despertador, algo que no me pasa nunca! Y pienso; mañana a estas horas estaré en casa… con un sonrisa me vuelvo a dormir.

Desde hace ya varios años cargo con una maleta y con un pastillero casi del mismo tamaño que mi bolsa de aseo. Siempre he sido lo que se dice “una pupas”; pero siempre lo he llevado con bastante orgullo, cada cicatriz me la he ganado a pulso; y a pesar de un quiste, de un tumor en la hipófisis, de una insuficiencia suprarrenal, de una osteoporosis de octogenaria y de perder la vesícula en mi última visita al quirófano; siempre me he sentido fuerte y afortunada. Bueno, fuerte hasta ahora.

Supongo que inconscientemente todo el mundo espera que alguien le cuide en un momento dado. El bebé llora porque sabe que alguno de sus padres vendrá a cogerle en brazos; cuando estamos tristes siempre esperamos que un ser querido nos pase el hombro por el brazo para susurrar que todo va bien; y cuando nos hacemos adultos, esperamos que el mundo nos acoja e integre tan cariñosamente como cuando íbamos a clase. Pero la realidad es que hoy en día, esperamos algo que ya no existe. Ese sistema en el que te servía “de algo” estudiar, esforzarte trabajando o haciendo sacrificios económicos se ha convertido en un absoluto espejismo.

Los primeros engañados no somos los “Millennials” como dicen, son nuestros abuelos. Gente que supo comer piedras soñando con chocolate; y que ha sufrido la dictadura pensando en su libertad. Son también nuestros padres, quiénes veían con orgullo entrar en casa a los “primeros universitarios” esbozando una sonrisa de oreja a oreja que escondía suficientemente bien las estrecheces y sacrificios realizados. Y efectivamente, es nuestra generación la que vuelve a emigrar y de manera frecuente tengo que oír ciertos reproches o recriminaciones del estilo “pues si se han ido, que no se quejen”, “para qué quieres votar, si a ti ni te va ni te viene”, “eres tú la que ha querido irse”… y sin embargo yo pregunto, ¿cuál es nuestra culpa? ¿Intentar sobrevivir fuera de las fronteras para poder pagar una pensión el día de mañana a nuestros padres? ¿Trabajar por 4 duros de friegaplatos después de haber sacado matrículas de honor en Ciencias Económicas? ¿Tener que formar nuestras familias a miles de kilómetros de nuestros padres porque en España es imposible tener hijos? ¿Pasar horas estudiando idiomas para poder seguir una clase en alemán?


¿O llegar con una sonrisa fingida y la maleta llena de regalos baratos cada 10 meses para que tu familia no vea lo que sufres la distancia?

Hace pocos meses, además de mi ristra de maldades (así llamo yo a esas “pupas”) me diagnosticaron hipersomnia con narcolepsia. A algunos les sonará eso de dormirse de golpe, queda bastante cómico en las películas, siempre sirve de escena jocosa. Pero en realidad es horrible. Puedes llegar a dormir 20 horas al día y el sueño nunca llega a ser reconfortante. Puedo tener al coro donostiarra en mi habitación y yo no oigo nada. Es un estrés enorme vivir con el miedo de dormirme y no llegar al trabajo o perder un tren. El riesgo de las cataplexias es peor porque he llegado a perder el tono muscular del cuerpo de cuello para abajo quedándome paralizada en el suelo de golpe y sin poder hacer nada.

Ya no me siento fuerte, después de 8 años fuera, ahora tengo miedo. Miedo porque ya no sé si puedo seguir fingiendo ante mis seres queridos; miedo porque veo que por mucho que nos esforcemos en denunciar y en nuestras movilizaciones, la vuelta a casa sigue siendo un espejismo; miedo porque ahora se crea un abismo entre mi yo de hace 8 años y mi yo de ahora, unos sobrinos que no me conocen, unos padres que me tratan como una visita, una ciudad que no es la mía… y miedo porque sigo soñando que algún día la Historia reconozca que no nos fuimos por gusto, ni por espíritu aventureros, que no nos vamos, nos echan.

 

Laia Stevenson

 

 

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