Una de tantas, una de demasiadas

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Soy una de tantas. En realidad, soy una de demasiadas. Mi caso no es especial, ni tampoco extraordinario: no soy la única que ha tenido que hacer un esfuerzo grande para marcharse del país en el que nació. Ojo, no me he marchado a regañadientes, no me he ido enfadada. Mis papás no me han arrastrado del brazo como cuando eres pequeñita y te sientas en medio de la calle y no te quieres levantar. Aunque quizá sí que me han apoyado y ayudado a ver en momentos donde tuve la tentación de quedarme por miedo, esa emoción tan humana que sin embargo nos sabotea a nosotras mismas, que yo no me podía quedar más, que no era ni sano mentalmente ni tampoco valdría la pena económicamente (¿quién puede hacer vida independiente con 300€ brutos mensuales, mi anterior sueldo, si es que se le puede llamar así?).

Así que, realmente, me fui en paz y me fui más o menos contenta. Soy una persona a la que le encanta viajar y aprender de otras culturas, y Suecia (donde me encuentro ahora mismo) y todo lo que me ofrece me encanta. Pero lo de más o menos quizá lo podréis deducir: habría preferido simplemente hacerlo por aventura, por vivir experiencias nuevas y esas cosas tan chachi-pirulis que tienen que ver con esa expresión que tanto repelús me causa: salir de tu zona de confort. Porque la verdad es que me he sentido obligada a hacerlo. Conozco a poca gente de mi generación que tenga un trabajo con condiciones dignas y sueldo que le dé no solo para comer, sino también para pagar un alquiler. Y, lamentablemente, no soy una de esas personas tan afortunadas a las que sus padres les pueden ayudar a pagar un piso mientras ellas ganan una miseria. Me he pasado hasta los 28 en casa porque la idea de independizarme era imposible sin ayuda y mis padres, aunque quisieran, los pobres (nunca mejor dicho), no habrían podido echarme una mano. Así que lo que hice fue ahorrar mi pequeña bequita de precaria, mes a mes, durante casi cuatro años. Porque sabía que eso me serviría para escapar de una situación que me causaba mucho sufrimiento: la de no poder salir de mi casa y no poder tener mi propia vida por no encontrar un trabajo en el que se me valorara y me pagaran más de 600€ porque no podemos pagarte; por algo se empieza; los inicios siempre son duros; el esfuerzo tiene su recompensa; cuando acabes las prácticas te contrataremos; estamos pensando en contratar a alguien, pero antes queremos 6 meses (de fraude laboral) de prueba; etc.

Hubo momentos, sobre todo a los 24, recién llegada de casi un año en el Reino Unido (por favor, no me juzguéis con un para qué me volví, una siempre tiene motivos personales para hacer las cosas), en los que tenía decidido que quería hacer vida de nuevo en España. A los 25 se me pasó. Vi que la cosa no había mejorado, sino que estaba peor, y veía cómo yo seguía en el mismo sitio, sin progresar y sin poder hacer planes con mi vida. No entendía nada: había hecho todo lo que me enseñaron en el cole para no encontrarme en una situación así. De hecho, jamás pensé que me tocaría algo así.  Durante mucho tiempo me sentí engañada y muy frustrada: tenía casi dos carreras entonces (ahora ya tengo las dos acabadas), tenía idiomas, tenía experiencia, era (y soy) responsable y muy trabajadora. Y fue entonces cuando, durante mi última experiencia laboral en España en 2016, acabé con problemas de depresión y ansiedad; por lo que en otoño del año pasado decidí no volver a trabajar en mi país por salud mental, no quería y no quiero volver a pasar por lo mismo. Así que una parte de mis ahorros precarios se fue a una de las que han sido las mejores inversiones de mi vida: una terapeuta maravillosa que me ayudó a restaurar mi autoestima, mi confianza y mi tranquilidad. De paso, desaprendí otra de las ideologías que me habían inculcado los profes desde pequeña (la primera que había desaprendido fue la del machismo y sus derivados, como el amor romántico y todas esas movidas que te pueden catapultar a relaciones horribles) y que me había hecho muchísimo daño: la del neoliberalismo. Yo estaba convencida de que, si trabajaba y me esforzaba en algo, ese esfuerzo y esa tenacidad darían sus frutos.

Puede que en algún sitio del globo se cumpla, pero en España la meritocracia es un engaño. No importa lo inteligente que seas, no importan tus notas, no importa tu curriculum. Lo que hará una diferencia en tu vida es tener privilegios. El privilegio de los contactos, del dinero, del género (masculino), etc. Y salvo el hecho de ser blanca, heterosexual y tener un cuerpo normativo (que ya es), yo no cumplía ninguno de estos requisitos para ser una persona “de éxito”. A lo que hay que añadir que a mí nunca me gustó hacer la pelota a nadie por el mero hecho de ocupar una posición más alta que la mía (¿qué es eso de creerse más importantes por eso o por cualquier motivo? ¿Y qué es eso de pensar que la gente te debe cosas, por ejemplo, agradecimiento, cuando lo único que ofreces es precariedad y frustración?), por lo que no solía caer en gracia a jefes y jefas. Aunque suene un poco ordinario, creo importante recordarlo: aquí todas hacemos caca y pis y estamos hechas de un material perecedero. Por lo que, a pesar de que estuviera rota por dentro y llegara un momento en el que dudara hasta de mi valía, mi dignidad siempre fue antes. Porque en el fondo, aunque hubiera dejado de creer en mí, yo sabía que no me merecía eso. Como nadie se lo merece. En otras ocasiones, mis problemas venían de la inseguridad de algún compañero o compañera, que por mi perfil me veía como amenaza.

Como decía al principio, mi caso es bastante ordinario (en el sentido de corriente, ya me entendéis). Somos muchas. Somos demasiadas. Y me apetecía mucho escribir aquí, en el Rincón Migrante, porque sé que es importante darle visibilidad a esta situación que estamos viviendo, este momento, estos años, esta crisis que no se va y estos políticos que no hacen nada por las que no tenemos nada, sino por los que ya tienen.

Sé que somos muchas personas así y sé que muchas estarán sufriendo como me pasó a mí y como aún a veces me sigue pasando. Porque una situación así causa sufrimiento. Por desgracia, yo no tengo la fórmula para todas. A cada una nos sirve algo distinto. En mi caso ha sido utilizar los ahorros que junté durante cuatro años para emigrar, distanciarme de todo lo vivido y empezar una nueva vida con muchas ganas y a la vez con mucha incertidumbre. Por ello, tan solo me gustaría despedirme recordando algo que quizá peque de obvio, pero que también considero sustancial: valéis. Intentad no permitir que nadie os haga creer lo contrario, si bien a veces es difícil. Sois valiosas. Merecéis más de lo que probablemente estéis viviendo. Y sois dignas. Dignas de muchísimas cosas.

Rocío (https://www.facebook.com/ThisIsNotAnotherFashionBlog/)

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5 Comments

  1. mIgrante UK 19/11/2017 at 18:15

    Gracias por compartir tu relato Rocío. Me siento muy identificada. Desgraciadamente, somos demasiadas. Seguiremos buscando nuestro sitio, dignidad y libertad, por difícil que sea, dentro del contexto sociocultural que nos ha tocado vivir, sabiendo además que no estamos solas en el camino.

  2. Andrés 18/11/2017 at 16:18

    Estupendo relato, Rocío! Gracias por compartirlo.

  3. Lector molesto 18/11/2017 at 8:42

    El privilegio de los contactos, del dinero, del género (masculino)…
    Ahí he dejado de leer. Lo siento pero comparar a los hombres con los ricos o los tejemanejes de la alta sociedad…. como si los hombres lo tuviesemos fácil y no pasasemos por penurias. Aquí estamos todos juntos o deberíamos. Se acabó ya el culpar al género másculino per se.

    • Andrés 18/11/2017 at 16:52

      Pues te recomiendo que sigas leyendo donde lo has dejado, Lector Incómodo.
      Porque justo en la siguiente frase, la autora reconoce los privilegios de los que sí goza (blanca, heterosexual, y cuerpo normativo).
      Tú crees que Rocío reconociendo esas condiciones propias se está culpabilizando por ello? Yo no.
      No está mal ser blanco, está mal que perpetuemos directa o indirectamente las ventajas que ello nos supone, discriminando a las personas racializadas.
      Pues lo mismo con el género. Nadie nos ataca por ser hombres, se ataca el sistema que permite que ser hombre sea más fácil que ser mujer.
      En cuanto a hombre, cis, hetero, blanco, ciudadano comunitario, etc…creo que pertenecer a un grupo socialmente privilegiado no quiere decir tener la vida solucionada, o no sufrir otras discriminaciones o situaciones. Pero lo que para mí no tiene sentido es negar los privilegios comparativos que el sistema nos brinda (o nos impone). A veces es difícil reconocerlos, y aún más lo es renunciar a ellos. Pero seguro que intentarlo es un buen camino. De vida, quiero decir.

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