“Nuestros” migrantes

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Isabel Díaz Ayuso dijo textualmente que los contagios en Madrid: “se están produciendo, entre otras cosas por el modo de vida que tiene nuestra inmigración en Madrid (…)”. Ese uso del posesivo es tan post colonialista como revelador de lo que en realidad piensa la señora Díaz Ayuso, que cree que puede utilizar a las personas migrantes a su antojo electoral: Un día intenta hacer creer que le escandaliza que unas personas sufran un ataque racista en el metro, y así granjearse los votos de una derecha más moderada, para al día siguiente legitimar las actitudes racistas al  culpabilizar al colectivo migrante de la trágica deriva que está tomando la pandemia en la comunidad en la que gobierna y de la que su partido ha estado esquilmando los recursos para  sanidad durante muchos años. Isabel Díaz Ayuso ha preferido gastarse el presupuesto en la construcción de un hospital antes que dotar los ya existentes; ha preferido destinar fondos a corridas de toros en lugar de contratar rastreadores profesionales o personal sanitario, que está al borde del colapso mental porque ni siquiera les ha dado tiempo a recuperarse de la primera ola cuando ya tienen encima la segunda. Por no hablar del estado del transporte público, abarrotado, un festín para el contagio.

Pero la culpa es de los inmigrantes, que han elegido ser vehículo de transmisión viral porque han optado por un estilo de vida que es un asco. Un asco para los demás, y sobre todo para ella, que sale muy perjudicada con esos números de contagios que detesta y que es incapaz de enderezar. Así, arropada por una moral peculiar, busca cualquier vía para escabullir la impepinable responsabilidad que pesa sobre sus hombros.

Esta vez nos ha tocado al colectivo migrante, somos siempre una baza segura y gratuita cuando las encuestas electorales cotizan a la baja. Gratuita, porque quienes integramos el colectivo migrante sufrimos de una afonía democrática global. Estos ataques no serían tan valientes si los migrantes del mundo pudiéramos, de facto, votar, si no estuviéramos  despojados de ciudadanía, si las vías de participación democrática de la migración fueran efectivas y no cosméticas.

La pobreza estigmatizada

Algunos medios han dicho que estas declaraciones revelan aporofobia, no xenofobia. No es del todo cierto: la señora Díaz Ayuso ha acusado explícitamente a todo el colectivo migrante, aunque estuviera pensando en un perfil concreto. Los pobres han sido también blanco de las acusaciones en tiempos recientes, pero es peligroso negar la existencia de un racismo presente en el discurso colectivo, porque negándolo lo hacemos crecer. Es necesario señalarlo y admitir su existencia.

La idea neoliberal de la meritocracia, importada del discurso falaz norteamericano, de que la culpa de la pobreza recae exclusivamente en quien la padece, aplica tanto a migrantes como locales. Algunos, sentados en sus sillones de privilegio, desconocen o ignoran u ocultan que los mecanismos de movilidad social, esos que harían que uno si se esforzara lo suficiente no tuviera que vivir en condiciones precarias, están bloqueados: el acceso a estudios superiores, la redistribución de la riqueza, etc., han sido desnutridos de tal manera que ascender socialmente es casi un imposible en los tiempos que corren, por más duro que uno trabaje. El abismo social ha crecido vertiginosamente en particular desde la mal llamada crisis económica que se inició en 2008, una crisis que, por cierto, marcó un flujo masivo de migración. 

Xenofobia en el discurso

Podríamos recordar ataques históricos a colectivos étnicos que nada tenían que ver con su pobreza, como fue el caso de la trágica aniquilación del pueblo judío precisamente por motivos contrarios a la pobreza. El extranjero, el otro, está siempre bajo sospecha, por muy rico que sea. Por evidente que sea que el factor pobreza añadido a la condición de extranjería es desfavorable, es necesario señalar los elementos racistas de los discursos colectivos o políticos.

La aporofobia es un mal a combatir, sin duda. Pero sin negar que en la xenofobia está igualmente presente en la ecuación: es necesario recordar que el colectivo migrante es especialmente vulnerable a la inmovilidad social. Por defecto, el migrante sufre una degradación en su estatus social, con independencia de su formación educativa o su profesión previa. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado, por ejemplo con las tesis de Mercado laboral dual, o de Sistemas del mundo: el sistema de mercado capitalista necesita de una bolsa de trabajo de personas que, por su vulnerabilidad, se vean obligadas a aceptar condiciones de trabajo (y en consecuencia, de vida, precarias), que contribuyan con su miseria a abaratar los costes de producción. Huelga decir que se trata del colectivo migrante, como decíamos, despojado de su ciudadanía.

Hablar de “una forma de vivir” como si fuera elección propia no solo es mentir, eludir la responsabilidad que sabe propia, es ser muy miserable. Deje a los migrantes en paz, y haga su trabajo, que no es conseguir más votos en las urnas, sino gestionar y contribuir al bienestar de las personas para las que gobierna, incluídos sus inmigrantes

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Marea Granate

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