Ciudad de lo efímero y el caos

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Es un poco como lo de las dos orillas del río. Te dicen: “No es lo mismo de este lado que del de enfrente. Otro ambiente, ¿sabes?”. Los extranjeros no vivimos en el mismo Espejismo que los autóctonos. Nosotros llegamos a una ciudad que nos acoge enseguida, que nos invita a pasar a ese otro lado pero, aunque no lo veamos inmediatamente, porque ambos Espejismos comparten espacio físico, no tardamos en darnos cuenta de que hemos entrado en una espiral diferente. Y mientras los lugareños tendrán su grupo de amigos más o menos habitual, sus domingos en el campo, su día de salir de tapas y su noche de fiesta, nosotros nos encontramos con que apenas deshechas las maletas ya hemos perdido el control. Porque Espejismo, para nosotros, será caos. Pero también, y sobre todo, será efímero. Todo lo que sucede aquí va a un ritmo muy superior al del resto de ciudades que he conocido. Como si los tiempos estuvieran comprimidos. “Hay mucho trabajo en la restauración”. Así que recorres todos los bares y restaurantes de la ciudad, con tu carpeta llena de CVs y cruzando muy fuerte los dedos. Necesitas un trabajo rápido, ya, lo necesitas ahora mismo por si te pasara algo y tuvieras que ir al médico. Lo necesitas ahora mismo porque tienes que encontrar piso, y cómo demonios vas a convencer a nadie de que puedes pagar, con tu francés de emigrante recién desembarcada, y esa cara de desesperación que se te está empezando a poner.

 

 

Conoces a mucha gente en tu situación. Bueno, “entreconoces”, que es lo que sucede cuando empiezas a  conocer a alguien pero no te da tiempo a verlo del todo, porque ya se ha marchado. La au pair a la que no le hicieron contrato y le escondieron el pasaporte para que no pudiera escapar. El barman que iba encadenando “pruebas” no remuneradas, contratos de dos semanas y cansancio. Aquella chica a la que le sorprendió tanto que, yendo a limpiar un apartamento, le pidieran que mostrase, de espaldas, si era capaz de tocar el suelo sin doblar las rodillas.

 

A otros les va bien. Salen adelante, consiguen un buen trabajo, algunos amigos; en definitiva, lo que solíamos considerar una vida normal. Ojalá fuera así para todos. Ojalá pudiera creerme ese cuentito, cómo lo llaman, fuga de cerebros, creo. Jóvenes aventureros. Sed de experiencias. Expats. Ojalá. Pero no puedo, tengo varios recordatorios. Llegaron aquí hace mucho tiempo, hace casi una vida, y ya están jubilados. Quizás estos recordatorios-persona sean el espejo en el que debamos mirarnos, si queremos encontrar respuestas a las preguntas que nos estamos haciendo.

Firmado: Au-pair en Toulouse

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